ORACIÓN PARA QUE NO ME OLVIDES

Yo me pondré a vivir en cada rosa
y en cada lirio que tus ojos miren
y en todo trino cantaré tu nombre
para que no me olvides.

Si dormida caminas dulcemente
por un mundo de diáfanos jardines,
piensa en mi corazón, que por ti sueña,
para que no me olvides.

Y al contemplar llorando las estrellas
se te llena el alma de imposibles,
es que mi soledad viene a besarte
para que no me olvides.

Yo pintaré de rosa el horizonte
y pintaré de azul los alelíes
y doraré de luna tus cabellos
para que no me olvides.

Y si una tarde en un altar lejano,
de otra mano cogida, te bendicen,
cuando te pongan el anillo de oro
mi alma será una lágrima invisible
en los ojos de Cristo moribundo,
para que no me olvides.


 

 

ROMANCE DE BARCO Y JUNCO

El junco de la ribera
y el doble junco del agua,
en el país de un estanque
donde el día se mojaba,
donde volaban, inversas,
palomas de inversas alas.

El junco batido al viento
-estrella de seda y plata-
le daba la espalda al cielo
y hacia el cielo se curvaba,
como un dibujo salido
de un biombo de puertas claras.

El estanque era un océano
para mi barco pirata:
mi barco que por las tardes
en un lucero se anclaba,
mi barco de niño pobre
que me trajeron por pascua
y que hoy surca este romance
con velas anaranjadas.

Estrella de marineros,
en junco al barco guiaba.
El viento azul que venía
dolorido de fragancias,
besaba de lejanías
mis manos y mis pestañas
y era caricia redonda
sobre las velas combadas.

Al río del pueblo, un día,
llevé mi barco pirata.
lo dejé anclado en la orilla
para hacerle una ensenada;
mas lo llamó la corriente
con su telégrafo de aguas
y huyó pintando la tarde
de letras anaranjadas.

Dos lágrimas me trizaron
las pupilas desoladas.
en la cubierta del barco
se fue, llorando, mi infancia.


 

 


DEL CIELO A TU CORAZÓN

Del cielo a tu corazón
no puede haber una legua
Si gritas "¡Ah, yegua, yegua!" ,
San Pedro, que es tu patrón,
ha de salir al portón
corriendo todas las trancas
para que tú y tus potrancas
entren allí sin golpear
y en alegre galopar
le trillen sus eras blancas.

Tú que cultivas el trigo
en las haciendas chilenas,
tú, el de las manos morenas,
de los pájaros amigo,
tienes a Dios por testigo
y en el Santo Tribunal
de la Corte Celestial
puedes decir con orgullo:
"La Hostia, que es cuerpo Tuyo,
fué una espiga en mi trigal".

Y tú que los potros domas
con tu rebenque y tu espuela,
tú que en tanto el pingo vuela
por caminos y por lomas,
entre los labios asomas
una tonada vibrante,
si prosigues tan campante
con es alazán macizo,
las puertas del Paraíso
te has de llevar por delante.

Tú, que en el pértigo vas
como en su trono los reyes,
tú, que tienes de los bueyes
la mansedumbre y la paz,
cuando mueras llegarás
por un camino sin huellas
al sitio en que las estrellas
son como espigas de luces
¡Y la carreta en que cruces
irá cargada con ellas!

¡Eh, tú que a la luna blanca
podrías echar el lazo,
cuidado con el porrazo
si ese novillo se arranca!
Llevas el viento en el anca
y es tanta tu gallardía
que si encontraras un día
al Diablo en esos picachos
¡A la cincha por los cachos,
tu lazo lo amarraría!

Hombres de ingenua canción,
varones de valle y sierra
que tenéis como la tierra
generoso el corazón,
en la celestial mansión
hay montes de azul color
y potreros de verdor
y bueyes de lomo blando
para seguir trabajando
las haciendas del Señor.


 

 

ROMANCE DE TOMÁS GUAGLÉN

Guaglén en la lejanía
tiene clavados los ojos.
El Cachapoal, a sus plantas,
las aguas mueve, furioso,
y dice cosas obscuras
su interminable rezongo.
Guaglén escucha las voces
del agua turbia en el fondo
y ese sonar, en su espíritu,
es música de abandono.
Ya no desea la guerra,
ni la paz, ni el sol, ni el oro...
En su corazón desierto
sólo caben los sollozos.

¿Qué busca por los confines
del horizonte remoto?
Las nubes, en las alturas,
se incendian de tonos rojos
y fingen en sus blancores
de un bello rostro el contorno:
rostro de raza española,
sonriente, dulce, amoroso.
Por él Guaglén cedería
sus tierras, su sangre, todo.
Por un beso de esos labios
la muerte sería un gozo

De la tribu hablan los machis:
- Nuestro cacique está loco.
En raza que no es la suya
quiere dejar sus retoños.
El puma está con el puma,
el cóndor va con el cóndor,
no dan peumo los quillayes,
los maitenes no dan boldo
ni juntos pudieron nunca
ir el amor con el odio.
¿Podrá ser madre de indios
hembra que lleva en los ojos
la codicia de los huincas
y tiene pálido el rostro?
¡Raza de buitres caída
sobre nuestro territorio!

El brasero del verano
se apagó del sur al soplo;
danzaron hojas al viento,
movibles embudos de oro;
llegó el invierno rezando
en rosarios de abandono,
y un día la primavera
abrió sus cándidos ojos...
Guaglén seguía soñando
a orillas del Río Loco.
Lentamente sus pupilas,
del valle por el contorno,
vieron venir un cortejo
de jinetes presurosos.
Frente a él se desmontaron
con ademanes airosos,
entre reflejos de espadas
y de metales sonoros.
- Cacique, Dios te bendiga.
- Pillán huya de vosotros.
- Indios fieles nos han dicho
que pasas tus días solo
y que algo que nunca llega
parecen mirar tus ojos.
- Secretos que un indio guarda
del corazón en el fondo,
son como piedras de altura:
la nieve les cubre el rostro...
- Mas llega el sol de noviembre
con ardientes rayos rojos
y la nieve cae al valle
gota a gota, en lento lloro.
Hasta tu nieve ha llegado
el sol de unos ojos moros
y por ellos vas penando:
¡secreto que saben todos!
- Daría mi sangre toda
por mirarme en esos ojos!
- ¿Darías también las tierras
que eligiéramos nosotros?
- ¡De qué me sirven las tierras
si sufro negros insomnios!
- A la mujer con que sueñas
te darán en matrimonio,
pero tendrás que adorar
de Cristo el nombre glorioso.
- Si Cristo el amor me trae,
a Cristo desde hoy adoro.
- La Iglesia, por el bautismo,
te pondrá nombre católico.
- Olvidado sea el mío
si el amor quiere darme otro.
- De ídolos y costumbres
renegarás...
                            - No lo ignoro.
- ¿Y estás dispuesto?
                            - ¡Dispuesto!
- ¿De todo abjuras?
                            - ¡De todo!
- Don José Manso de Velasco,
corazón de cielo y oro,
Gobernador de estas tierras,
conocerá tu propósito.

Cacique, aguarda tranquilo
nuestro próximo retorno.

Partióse la caravana
por un camino entre boldos
y Guaglén quedó soñando
a orillas del Río Loco

Deshizo la primavera
su encaje de leves tonos.
El verano junto al río
paró su caballo rojo
y de Guaglén pudo ver
el gesto de amor y arrobo:
a una mujer sostenía
en sus brazos musculosos
y ella reía mirándolo
con dulcísimo abandono.

Y los machis de la tribu
preguntaban, cavilosos:
- "¿Será verdad o mentira
lo que han visto nuestros ojos?"
Y, en seguida, pensativos,
cuchicheaban en corro:
- "De un águila con un puma,
¿cuál ha de ser el cachorro?."


 

 

 

POR CALLE DEL REY ARRIBA...

Por calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
en casa de recios muros,
vivía la Primavera.
La luna que se asomaba
por los ventanales, era
la boca de una guitarra:
las cuerdas eran las rejas.
La Primavera tenía
carne de mujer morena,
ojos de amor y pecado,
boca de dulce promesa.
Manuel Rodríguez la amaba;
mas otro la pretendiera:
antes que decir su nombre,
mi boca firme se cierra.
Sonriente y mozo era el uno;
el otro celo y fiereza.
Entre los dos militares
temblaba la Primavera.

En noches de ausente luna,
llegaban ambos a verla:
el uno por la ventana,
el otro por franca puerta.
Los besos del que acudía
sin trabas a la vivienda,
eran amargos de celos
y hablaban de muerte artera:
mas los de Manuel Rodríguez
sabían a madreselva,
sabían a estrellas rubias
y a rasgueo de vihuelas.
A la mujer por las rejas
toda el alma se le fuera.

Jinete en caballo moro,
Rodríguez a verla llega.
Le cantan los espolines
al desmontar en la acera.

Los espolines le cantan
a la mujer que lo espera,
pecho adentro, sangre arriba,
como nupciales promesas.
A través de los barrotes,
las manos de la morena
sobre el pecho masculino
descansan en la guerrera.
Del militar en el cuello
relumbran dos calaveras:
es la insignia de los Húsares
que entre las sombras destella.

- "Amado, anoche soñaba...,
soñaba cosas siniestras:
la insignia que tú llevabas
en sangre se te tiñera...
Amado, en un cielo negro
sangraba la luna nueva..."
Manuel Rodríguez besaba
los labios de la morena;
sus dientes en la penumbra
brillaban con risa fresca.
- "La bala que ha de matarme
ningún hombre la fundiera.
La sangre que viste anoche
son mis amores, morena."

En Tiltil quedó tendido
de muerte alevosa y fiera.
La sangre del pecho abierto
manchaba dos calaveras.
En la noche de aquel día
fue roja la luna nueva.

A traición tuvo que ser,
que de frente no pudieran.
La bala no fue de plomo,
que fue de celo y fiereza.
Al mundo vino muy tarde
ese año la primavera.
Las rosas fueron más rojas
y fue más triste la tierra.

En Calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
tras enrejada ventana
lloraba la Primavera.
Un caballero de sombra
llegarse quiere hasta ella.
No cantan sus espolines
al desmontar en la acera.

Del caballo que lo trae
las herraduras no suenan.
En vano dos blancos brazos
asómanse por la reja:
el caballero es de viento;
sombra en la sombra, se aleja.
Ya no vendrá el que ella espera.
¿El nombre de esta mujer
de sueño, amor y leyenda?...

Vivió en Santa Cruz de Triana;
era criolla y morena...
La historia no dice más.
Llamémosla Primavera.


 

 




Romance de los Veinte Conspiradores

Entre callejas estrechas
y claveteados portones,
en sombras que no disipa
la lumbre de los faroles,
cruzan, sigilosamente,
espadines y jubones
que semiocultan, medrosos,
los embozos españoles.

Las casas de recios muros
y tétricos corredores
tienen un patio con alma
la luna, de agua y de flores.

Rejas de hierro labrado
en que sangran clavelones
sienten un florecimiento
de madreselvas y amores.
Y, arrancando al empedrado
notas de acento discorde,
pasa el sereno cantando:
"¡Ave María... y las once!"

Santa Cruz duerme su sueño
de aromas y surtidores.
va navegando la luna
por olas de nubarrones.
La calle tiene un desvelo
de estremecidos temores.
Diez y seis sombras cruzaron
silenciosas y veloces;
abrióse diez y seis veces
un recio portón de roble.
-Santo y seña.
                    -¡Libertad!
Giran, pausados, los goznes
y el umbral cruzan los cuatro
últimos conspiradores.

En una estancia que alumbran
seis candelabros de cobre,
patriotas de ojos brillantes
hablan de cálidas voces.

Un sueño de abiertas alas
fulgura en sus corazones:
_"Sobre Tierra americana
vuelan, altivos, los cóndores;
clavan los Andes el cielo
con puntiagudos estoques;
los pumas dueños crecieron
de serranías y bosques,
y nosotros, ciudadanos,
que libres nacimos y hombres,
encadenados estamos
como domésticos leones".

Por los muros de la estancia
pasan sombras de legiones
y escúchase, en el futuro,
ronco doblar de tambores.
Pariendo estrellas terribles
claman lejanos cañones.
Hogueras al cielo suben
como blasfemias o flores.
Y desde el mar se levanta,
incendiando el horizonte,
estandarte de rebeldes,
un sol de liberaciones.
Por los zaguanes, de pronto,
brillan pistolas y estoques.

-¡Traición!
                    El grito resuena,
hondo, por los corredores,
y el eco al punto se apaga
entre sangre y estertores.
Como puñales sin vaina,
blasfemias cortan la noche.
-¡En nombre del Rey, rendíos!
Veinte disparos responden.
(En la estancia se ha extinguido
la lumbre de los velones).
Por el hueco de la puerta
asoman treinta cañones
y los fusiles florecen
súbitas rosas de azogue.

El plomo muerde las carnes
con dentelladas atroces.
Relámpagos espectrales
ponen muerte en las facciones.
y luego, un silencio cunde
por los abiertos salones,
entre acre sabor de pólvora
y vahos de sangre joven.

Cuando el alba en las estancias
penetre por los balcones,
mojará sus pies en sangre
de veinte conspiradores.



RESPONSO A GARCÍA LORCA

Llevaba el día en el cinto
como un alfanje de plata,
y en el arzón de la silla,
una guitarra gitana.
Romances de luces nuevas
se abrían en su garganta.
los ayes del canto jondo
lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla
cantaba toda la España.
No murió como un gitano;
no murió de puñalada.
Cinco fusiles buscaron,
por cinco caminos su alma,
le abrieron el corazón
lo mismo que una granada.
¡Y el surtidor de su sangre
manchó las estrellas altas!
¡Cómo lloraban los ríos
de España!

En ese instante indeciso
de las hembras despeinadas,
en ese instante en que el grillo
cava la mina del alba,
García Torea, en el suelo,
con una flor colorada
condecorándole el pecho,
quedó sin canto y sin habla.
¡Cómo temblaban los montes
de España!

Cuando enmudeció su lengua
no doblaron las campanas.
Nadie le trajo una rosa,
ni un verso, ni una guitarra.
Apenas el chisperío
de una estrella deshojada.
Apenas la visión última
de la cal de las murallas ...
¡Cómo crujían los huesos
de España!

-¡García Lorca ¡García
Lorca! -mil voces clamaban.
Preciosa, la del pandero,
danzando se desmayaba.
Brincaban, enloquecidos,
los pechos de Santa Olalla.
La casada del romance
desgarraba sus entrañas.
¡Cómo se rompía el alma
de España!

Muerto se quedó en la tierra,
tronchado por cinco balas.
Este año no darán frutos
los naranjos de Granada.
Este año no habrá claveles
en las rejas sevillanas.
El río Guadalquivir
llevará sangre en sus aguas.
¡Cómo llorará su espíritu
en las guitarras de España!



ROMANCE DE ISOLDA PRADEL

Madrina tuya, la luna
con crinolina de rosas
Cristalería del agua
que en surtidores se dobla
¡Ay, telares de agua y luna
tejen tu velo de novia!
En fraguas de maravilla
¡Qué cantarina ajorcas!
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Si el agua con cielo y luna
quisiera volverse estrofa,
Si cantara un ruiseñor
en la noche melodiosa,
si el prado azul de los cielos
soltara sus mariposas,
¡qué diadema te pondría
sobre las sienes, Isolda!
¡Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia!

Esta noche nos casamos.
Los juncos que el viento dobla
nos dan su consentimiento
con frases hechas de aroma.

A nuestra boda vendrán
Cometas de larga cola
Y en los jardines dormidos
darán un baile las hojas
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Pulen su flauta los grillos
para tocar en la boda.
Los murciélagos se visten
con una capa española.
Puñados de arroz dorado
el cielo en la fuente arroja.
El clarín de un gallo rasga
como un cohete la sombra.
Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia.

Ponte tu velo de luna,
dame tus manos, Isolda
aquí tienes el anillo
del ensueño y de la estrofa.
Cierra los ojos y escucha
la voz del viento en la sombra:
pontífice azul, oficia:
"Ya sois esposo y esposa"
¡Y yo te sigo queriendo
como si fueras mi novia!

 



POR CALLE DEL REY ARRIBA...

Por calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
en casa de recios muros,
vivía la Primavera.
La luna que se asomaba
por los ventanales, era
la boca de una guitarra:
las cuerdas eran las rejas.
La Primavera tenía
carne de mujer morena,
ojos de amor y pecado,
boca de dulce promesa.
Manuel Rodríguez la amaba;
mas otro la pretendiera:
antes que decir su nombre,
mi boca firme se cierra.
Sonriente y mozo era el uno;
el otro celo y fiereza.
Entre los dos militares
temblaba la Primavera.

En noches de ausente luna,
llegaban ambos a verla:
el uno por la ventana,
el otro por franca puerta.
Los besos del que acudía
sin trabas a la vivienda,
eran amargos de celos
y hablaban de muerte artera:
mas los de Manuel Rodríguez
sabían a madreselva,
sabían a estrellas rubias
y a rasgueo de vihuelas.
A la mujer por las rejas
toda el alma se le fuera.

Jinete en caballo moro,
Rodríguez a verla llega.
Le cantan los espolines
al desmontar en la acera.

Los espolines le cantan
a la mujer que lo espera,
pecho adentro, sangre arriba,
como nupciales promesas.
A través de los barrotes,
las manos de la morena
sobre el pecho masculino
descansan en la guerrera.
Del militar en el cuello
relumbran dos calaveras:
es la insignia de los Húsares
que entre las sombras destella.

- "Amado, anoche soñaba...,
soñaba cosas siniestras:
la insignia que tú llevabas
en sangre se te tiñera...
Amado, en un cielo negro
sangraba la luna nueva..."
Manuel Rodríguez besaba
los labios de la morena;
sus dientes en la penumbra
brillaban con risa fresca.
- "La bala que ha de matarme
ningún hombre la fundiera.
La sangre que viste anoche
son mis amores, morena."

En Tiltil quedó tendido
de muerte alevosa y fiera.
La sangre del pecho abierto
manchaba dos calaveras.
En la noche de aquel día
fue roja la luna nueva.

A traición tuvo que ser,
que de frente no pudieran.
La bala no fue de plomo,
que fue de celo y fiereza.
Al mundo vino muy tarde
ese año la primavera.
Las rosas fueron más rojas
y fue más triste la tierra.

En Calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
tras enrejada ventana
lloraba la Primavera.
Un caballero de sombra
llegarse quiere hasta ella.
No cantan sus espolines
al desmontar en la acera.

Del caballo que lo trae
las herraduras no suenan.
En vano dos blancos brazos
asómanse por la reja:
el caballero es de viento;
sombra en la sombra, se aleja.
Ya no vendrá el que ella espera.
¿El nombre de esta mujer
de sueño, amor y leyenda?...

Vivió en Santa Cruz de Triana;
era criolla y morena...
La historia no dice más.
Llamémosla Primavera.



Romance de los Veinte Conspiradores

Entre callejas estrechas
y claveteados portones,
en sombras que no disipa
la lumbre de los faroles,
cruzan, sigilosamente,
espadines y jubones
que semiocultan, medrosos,
los embozos españoles.

Las casas de recios muros
y tétricos corredores
tienen un patio con alma
la luna, de agua y de flores.

Rejas de hierro labrado
en que sangran clavelones
sienten un florecimiento
de madreselvas y amores.
Y, arrancando al empedrado
notas de acento discorde,
pasa el sereno cantando:
"¡Ave María... y las once!"

Santa Cruz duerme su sueño
de aromas y surtidores.
va navegando la luna
por olas de nubarrones.
La calle tiene un desvelo
de estremecidos temores.
Diez y seis sombras cruzaron
silenciosas y veloces;
abrióse diez y seis veces
un recio portón de roble.
-Santo y seña.
                    -¡Libertad!
Giran, pausados, los goznes
y el umbral cruzan los cuatro
últimos conspiradores.

En una estancia que alumbran
seis candelabros de cobre,
patriotas de ojos brillantes
hablan de cálidas voces.

Un sueño de abiertas alas
fulgura en sus corazones:
_"Sobre Tierra americana
vuelan, altivos, los cóndores;
clavan los Andes el cielo
con puntiagudos estoques;
los pumas dueños crecieron
de serranías y bosques,
y nosotros, ciudadanos,
que libres nacimos y hombres,
encadenados estamos
como domésticos leones".

Por los muros de la estancia
pasan sombras de legiones
y escúchase, en el futuro,
ronco doblar de tambores.
Pariendo estrellas terribles
claman lejanos cañones.
Hogueras al cielo suben
como blasfemias o flores.
Y desde el mar se levanta,
incendiando el horizonte,
estandarte de rebeldes,
un sol de liberaciones.
Por los zaguanes, de pronto,
brillan pistolas y estoques.

-¡Traición!
                    El grito resuena,
hondo, por los corredores,
y el eco al punto se apaga
entre sangre y estertores.
Como puñales sin vaina,
blasfemias cortan la noche.
-¡En nombre del Rey, rendíos!
Veinte disparos responden.
(En la estancia se ha extinguido
la lumbre de los velones).
Por el hueco de la puerta
asoman treinta cañones
y los fusiles florecen
súbitas rosas de azogue.

El plomo muerde las carnes
con dentelladas atroces.
Relámpagos espectrales
ponen muerte en las facciones.
y luego, un silencio cunde
por los abiertos salones,
entre acre sabor de pólvora
y vahos de sangre joven.

Cuando el alba en las estancias
penetre por los balcones,
mojará sus pies en sangre
de veinte conspiradores.



RESPONSO A GARCÍA LORCA

Llevaba el día en el cinto
como un alfanje de plata,
y en el arzón de la silla,
una guitarra gitana.
Romances de luces nuevas
se abrían en su garganta.
los ayes del canto jondo
lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla
cantaba toda la España.
No murió como un gitano;
no murió de puñalada.
Cinco fusiles buscaron,
por cinco caminos su alma,
le abrieron el corazón
lo mismo que una granada.
¡Y el surtidor de su sangre
manchó las estrellas altas!
¡Cómo lloraban los ríos
de España!

En ese instante indeciso
de las hembras despeinadas,
en ese instante en que el grillo
cava la mina del alba,
García Torea, en el suelo,
con una flor colorada
condecorándole el pecho,
quedó sin canto y sin habla.
¡Cómo temblaban los montes
de España!

Cuando enmudeció su lengua
no doblaron las campanas.
Nadie le trajo una rosa,
ni un verso, ni una guitarra.
Apenas el chisperío
de una estrella deshojada.
Apenas la visión última
de la cal de las murallas ...
¡Cómo crujían los huesos
de España!

-¡García Lorca ¡García
Lorca! -mil voces clamaban.
Preciosa, la del pandero,
danzando se desmayaba.
Brincaban, enloquecidos,
los pechos de Santa Olalla.
La casada del romance
desgarraba sus entrañas.
¡Cómo se rompía el alma
de España!

Muerto se quedó en la tierra,
tronchado por cinco balas.
Este año no darán frutos
los naranjos de Granada.
Este año no habrá claveles
en las rejas sevillanas.
El río Guadalquivir
llevará sangre en sus aguas.
¡Cómo llorará su espíritu
en las guitarras de España!



ROMANCE DE ISOLDA PRADEL

Madrina tuya, la luna
con crinolina de rosas
Cristalería del agua
que en surtidores se dobla
¡Ay, telares de agua y luna
tejen tu velo de novia!
En fraguas de maravilla
¡Qué cantarina ajorcas!
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Si el agua con cielo y luna
quisiera volverse estrofa,
Si cantara un ruiseñor
en la noche melodiosa,
si el prado azul de los cielos
soltara sus mariposas,
¡qué diadema te pondría
sobre las sienes, Isolda!
¡Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia!

Esta noche nos casamos.
Los juncos que el viento dobla
nos dan su consentimiento
con frases hechas de aroma.

A nuestra boda vendrán
Cometas de larga cola
Y en los jardines dormidos
darán un baile las hojas
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Pulen su flauta los grillos
para tocar en la boda.
Los murciélagos se visten
con una capa española.
Puñados de arroz dorado
el cielo en la fuente arroja.
El clarín de un gallo rasga
como un cohete la sombra.
Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia.

Ponte tu velo de luna,
dame tus manos, Isolda
aquí tienes el anillo
del ensueño y de la estrofa.
Cierra los ojos y escucha
la voz del viento en la sombra:
pontífice azul, oficia:
"Ya sois esposo y esposa"
¡Y yo te sigo queriendo
como si fueras mi novia!

 

 


ROMANCE DE TOMÁS GUAGLÉN

Guaglén en la lejanía
tiene clavados los ojos.
El Cachapoal, a sus plantas,
las aguas mueve, furioso,
y dice cosas obscuras
su interminable rezongo.
Guaglén escucha las voces
del agua turbia en el fondo
y ese sonar, en su espíritu,
es música de abandono.
Ya no desea la guerra,
ni la paz, ni el sol, ni el oro...
En su corazón desierto
sólo caben los sollozos.

¿Qué busca por los confines
del horizonte remoto?
Las nubes, en las alturas,
se incendian de tonos rojos
y fingen en sus blancores
de un bello rostro el contorno:
rostro de raza española,
sonriente, dulce, amoroso.
Por él Guaglén cedería
sus tierras, su sangre, todo.
Por un beso de esos labios
la muerte sería un gozo

De la tribu hablan los machis:
- Nuestro cacique está loco.
En raza que no es la suya
quiere dejar sus retoños.
El puma está con el puma,
el cóndor va con el cóndor,
no dan peumo los quillayes,
los maitenes no dan boldo
ni juntos pudieron nunca
ir el amor con el odio.
¿Podrá ser madre de indios
hembra que lleva en los ojos
la codicia de los huincas
y tiene pálido el rostro?
¡Raza de buitres caída
sobre nuestro territorio!

El brasero del verano
se apagó del sur al soplo;
danzaron hojas al viento,
movibles embudos de oro;
llegó el invierno rezando
en rosarios de abandono,
y un día la primavera
abrió sus cándidos ojos...
Guaglén seguía soñando
a orillas del Río Loco.
Lentamente sus pupilas,
del valle por el contorno,
vieron venir un cortejo
de jinetes presurosos.
Frente a él se desmontaron
con ademanes airosos,
entre reflejos de espadas
y de metales sonoros.
- Cacique, Dios te bendiga.
- Pillán huya de vosotros.
- Indios fieles nos han dicho
que pasas tus días solo
y que algo que nunca llega
parecen mirar tus ojos.
- Secretos que un indio guarda
del corazón en el fondo,
son como piedras de altura:
la nieve les cubre el rostro...
- Mas llega el sol de noviembre
con ardientes rayos rojos
y la nieve cae al valle
gota a gota, en lento lloro.
Hasta tu nieve ha llegado
el sol de unos ojos moros
y por ellos vas penando:
¡secreto que saben todos!
- Daría mi sangre toda
por mirarme en esos ojos!
- ¿Darías también las tierras
que eligiéramos nosotros?
- ¡De qué me sirven las tierras
si sufro negros insomnios!
- A la mujer con que sueñas
te darán en matrimonio,
pero tendrás que adorar
de Cristo el nombre glorioso.
- Si Cristo el amor me trae,
a Cristo desde hoy adoro.
- La Iglesia, por el bautismo,
te pondrá nombre católico.
- Olvidado sea el mío
si el amor quiere darme otro.
- De ídolos y costumbres
renegarás...
                            - No lo ignoro.
- ¿Y estás dispuesto?
                            - ¡Dispuesto!
- ¿De todo abjuras?
                            - ¡De todo!
- Don José Manso de Velasco,
corazón de cielo y oro,
Gobernador de estas tierras,
conocerá tu propósito.

Cacique, aguarda tranquilo
nuestro próximo retorno.

Partióse la caravana
por un camino entre boldos
y Guaglén quedó soñando
a orillas del Río Loco

Deshizo la primavera
su encaje de leves tonos.
El verano junto al río
paró su caballo rojo
y de Guaglén pudo ver
el gesto de amor y arrobo:
a una mujer sostenía
en sus brazos musculosos
y ella reía mirándolo
con dulcísimo abandono.

Y los machis de la tribu
preguntaban, cavilosos:
- "¿Será verdad o mentira
lo que han visto nuestros ojos?"
Y, en seguida, pensativos,
cuchicheaban en corro:
- "De un águila con un puma,
¿cuál ha de ser el cachorro?."



POR CALLE DEL REY ARRIBA...

Por calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
en casa de recios muros,
vivía la Primavera.
La luna que se asomaba
por los ventanales, era
la boca de una guitarra:
las cuerdas eran las rejas.
La Primavera tenía
carne de mujer morena,
ojos de amor y pecado,
boca de dulce promesa.
Manuel Rodríguez la amaba;
mas otro la pretendiera:
antes que decir su nombre,
mi boca firme se cierra.
Sonriente y mozo era el uno;
el otro celo y fiereza.
Entre los dos militares
temblaba la Primavera.

En noches de ausente luna,
llegaban ambos a verla:
el uno por la ventana,
el otro por franca puerta.
Los besos del que acudía
sin trabas a la vivienda,
eran amargos de celos
y hablaban de muerte artera:
mas los de Manuel Rodríguez
sabían a madreselva,
sabían a estrellas rubias
y a rasgueo de vihuelas.
A la mujer por las rejas
toda el alma se le fuera.

Jinete en caballo moro,
Rodríguez a verla llega.
Le cantan los espolines
al desmontar en la acera.

Los espolines le cantan
a la mujer que lo espera,
pecho adentro, sangre arriba,
como nupciales promesas.
A través de los barrotes,
las manos de la morena
sobre el pecho masculino
descansan en la guerrera.
Del militar en el cuello
relumbran dos calaveras:
es la insignia de los Húsares
que entre las sombras destella.

- "Amado, anoche soñaba...,
soñaba cosas siniestras:
la insignia que tú llevabas
en sangre se te tiñera...
Amado, en un cielo negro
sangraba la luna nueva..."
Manuel Rodríguez besaba
los labios de la morena;
sus dientes en la penumbra
brillaban con risa fresca.
- "La bala que ha de matarme
ningún hombre la fundiera.
La sangre que viste anoche
son mis amores, morena."

En Tiltil quedó tendido
de muerte alevosa y fiera.
La sangre del pecho abierto
manchaba dos calaveras.
En la noche de aquel día
fue roja la luna nueva.

A traición tuvo que ser,
que de frente no pudieran.
La bala no fue de plomo,
que fue de celo y fiereza.
Al mundo vino muy tarde
ese año la primavera.
Las rosas fueron más rojas
y fue más triste la tierra.

En Calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
tras enrejada ventana
lloraba la Primavera.
Un caballero de sombra
llegarse quiere hasta ella.
No cantan sus espolines
al desmontar en la acera.

Del caballo que lo trae
las herraduras no suenan.
En vano dos blancos brazos
asómanse por la reja:
el caballero es de viento;
sombra en la sombra, se aleja.
Ya no vendrá el que ella espera.
¿El nombre de esta mujer
de sueño, amor y leyenda?...

Vivió en Santa Cruz de Triana;
era criolla y morena...
La historia no dice más.
Llamémosla Primavera.



Romance de los Veinte Conspiradores

Entre callejas estrechas
y claveteados portones,
en sombras que no disipa
la lumbre de los faroles,
cruzan, sigilosamente,
espadines y jubones
que semiocultan, medrosos,
los embozos españoles.

Las casas de recios muros
y tétricos corredores
tienen un patio con alma
la luna, de agua y de flores.

Rejas de hierro labrado
en que sangran clavelones
sienten un florecimiento
de madreselvas y amores.
Y, arrancando al empedrado
notas de acento discorde,
pasa el sereno cantando:
"¡Ave María... y las once!"

Santa Cruz duerme su sueño
de aromas y surtidores.
va navegando la luna
por olas de nubarrones.
La calle tiene un desvelo
de estremecidos temores.
Diez y seis sombras cruzaron
silenciosas y veloces;
abrióse diez y seis veces
un recio portón de roble.
-Santo y seña.
                    -¡Libertad!
Giran, pausados, los goznes
y el umbral cruzan los cuatro
últimos conspiradores.

En una estancia que alumbran
seis candelabros de cobre,
patriotas de ojos brillantes
hablan de cálidas voces.

Un sueño de abiertas alas
fulgura en sus corazones:
_"Sobre Tierra americana
vuelan, altivos, los cóndores;
clavan los Andes el cielo
con puntiagudos estoques;
los pumas dueños crecieron
de serranías y bosques,
y nosotros, ciudadanos,
que libres nacimos y hombres,
encadenados estamos
como domésticos leones".

Por los muros de la estancia
pasan sombras de legiones
y escúchase, en el futuro,
ronco doblar de tambores.
Pariendo estrellas terribles
claman lejanos cañones.
Hogueras al cielo suben
como blasfemias o flores.
Y desde el mar se levanta,
incendiando el horizonte,
estandarte de rebeldes,
un sol de liberaciones.
Por los zaguanes, de pronto,
brillan pistolas y estoques.

-¡Traición!
                    El grito resuena,
hondo, por los corredores,
y el eco al punto se apaga
entre sangre y estertores.
Como puñales sin vaina,
blasfemias cortan la noche.
-¡En nombre del Rey, rendíos!
Veinte disparos responden.
(En la estancia se ha extinguido
la lumbre de los velones).
Por el hueco de la puerta
asoman treinta cañones
y los fusiles florecen
súbitas rosas de azogue.

El plomo muerde las carnes
con dentelladas atroces.
Relámpagos espectrales
ponen muerte en las facciones.
y luego, un silencio cunde
por los abiertos salones,
entre acre sabor de pólvora
y vahos de sangre joven.

Cuando el alba en las estancias
penetre por los balcones,
mojará sus pies en sangre
de veinte conspiradores.



RESPONSO A GARCÍA LORCA

Llevaba el día en el cinto
como un alfanje de plata,
y en el arzón de la silla,
una guitarra gitana.
Romances de luces nuevas
se abrían en su garganta.
los ayes del canto jondo
lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla
cantaba toda la España.
No murió como un gitano;
no murió de puñalada.
Cinco fusiles buscaron,
por cinco caminos su alma,
le abrieron el corazón
lo mismo que una granada.
¡Y el surtidor de su sangre
manchó las estrellas altas!
¡Cómo lloraban los ríos
de España!

En ese instante indeciso
de las hembras despeinadas,
en ese instante en que el grillo
cava la mina del alba,
García Torea, en el suelo,
con una flor colorada
condecorándole el pecho,
quedó sin canto y sin habla.
¡Cómo temblaban los montes
de España!

Cuando enmudeció su lengua
no doblaron las campanas.
Nadie le trajo una rosa,
ni un verso, ni una guitarra.
Apenas el chisperío
de una estrella deshojada.
Apenas la visión última
de la cal de las murallas ...
¡Cómo crujían los huesos
de España!

-¡García Lorca ¡García
Lorca! -mil voces clamaban.
Preciosa, la del pandero,
danzando se desmayaba.
Brincaban, enloquecidos,
los pechos de Santa Olalla.
La casada del romance
desgarraba sus entrañas.
¡Cómo se rompía el alma
de España!

Muerto se quedó en la tierra,
tronchado por cinco balas.
Este año no darán frutos
los naranjos de Granada.
Este año no habrá claveles
en las rejas sevillanas.
El río Guadalquivir
llevará sangre en sus aguas.
¡Cómo llorará su espíritu
en las guitarras de España!



ROMANCE DE ISOLDA PRADEL

Madrina tuya, la luna
con crinolina de rosas
Cristalería del agua
que en surtidores se dobla
¡Ay, telares de agua y luna
tejen tu velo de novia!
En fraguas de maravilla
¡Qué cantarina ajorcas!
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Si el agua con cielo y luna
quisiera volverse estrofa,
Si cantara un ruiseñor
en la noche melodiosa,
si el prado azul de los cielos
soltara sus mariposas,
¡qué diadema te pondría
sobre las sienes, Isolda!
¡Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia!

Esta noche nos casamos.
Los juncos que el viento dobla
nos dan su consentimiento
con frases hechas de aroma.

A nuestra boda vendrán
Cometas de larga cola
Y en los jardines dormidos
darán un baile las hojas
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Pulen su flauta los grillos
para tocar en la boda.
Los murciélagos se visten
con una capa española.
Puñados de arroz dorado
el cielo en la fuente arroja.
El clarín de un gallo rasga
como un cohete la sombra.
Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia.

Ponte tu velo de luna,
dame tus manos, Isolda
aquí tienes el anillo
del ensueño y de la estrofa.
Cierra los ojos y escucha
la voz del viento en la sombra:
pontífice azul, oficia:
"Ya sois esposo y esposa"
¡Y yo te sigo queriendo
como si fueras mi novia!

 


DEL CIELO A TU CORAZÓN

Del cielo a tu corazón
no puede haber una legua
Si gritas "¡Ah, yegua, yegua!" ,
San Pedro, que es tu patrón,
ha de salir al portón
corriendo todas las trancas
para que tú y tus potrancas
entren allí sin golpear
y en alegre galopar
le trillen sus eras blancas.

Tú que cultivas el trigo
en las haciendas chilenas,
tú, el de las manos morenas,
de los pájaros amigo,
tienes a Dios por testigo
y en el Santo Tribunal
de la Corte Celestial
puedes decir con orgullo:
"La Hostia, que es cuerpo Tuyo,
fué una espiga en mi trigal".

Y tú que los potros domas
con tu rebenque y tu espuela,
tú que en tanto el pingo vuela
por caminos y por lomas,
entre los labios asomas
una tonada vibrante,
si prosigues tan campante
con es alazán macizo,
las puertas del Paraíso
te has de llevar por delante.

Tú, que en el pértigo vas
como en su trono los reyes,
tú, que tienes de los bueyes
la mansedumbre y la paz,
cuando mueras llegarás
por un camino sin huellas
al sitio en que las estrellas
son como espigas de luces
¡Y la carreta en que cruces
irá cargada con ellas!

¡Eh, tú que a la luna blanca
podrías echar el lazo,
cuidado con el porrazo
si ese novillo se arranca!
Llevas el viento en el anca
y es tanta tu gallardía
que si encontraras un día
al Diablo en esos picachos
¡A la cincha por los cachos,
tu lazo lo amarraría!

Hombres de ingenua canción,
varones de valle y sierra
que tenéis como la tierra
generoso el corazón,
en la celestial mansión
hay montes de azul color
y potreros de verdor
y bueyes de lomo blando
para seguir trabajando
las haciendas del Señor.



ROMANCE DE TOMÁS GUAGLÉN

Guaglén en la lejanía
tiene clavados los ojos.
El Cachapoal, a sus plantas,
las aguas mueve, furioso,
y dice cosas obscuras
su interminable rezongo.
Guaglén escucha las voces
del agua turbia en el fondo
y ese sonar, en su espíritu,
es música de abandono.
Ya no desea la guerra,
ni la paz, ni el sol, ni el oro...
En su corazón desierto
sólo caben los sollozos.

¿Qué busca por los confines
del horizonte remoto?
Las nubes, en las alturas,
se incendian de tonos rojos
y fingen en sus blancores
de un bello rostro el contorno:
rostro de raza española,
sonriente, dulce, amoroso.
Por él Guaglén cedería
sus tierras, su sangre, todo.
Por un beso de esos labios
la muerte sería un gozo

De la tribu hablan los machis:
- Nuestro cacique está loco.
En raza que no es la suya
quiere dejar sus retoños.
El puma está con el puma,
el cóndor va con el cóndor,
no dan peumo los quillayes,
los maitenes no dan boldo
ni juntos pudieron nunca
ir el amor con el odio.
¿Podrá ser madre de indios
hembra que lleva en los ojos
la codicia de los huincas
y tiene pálido el rostro?
¡Raza de buitres caída
sobre nuestro territorio!

El brasero del verano
se apagó del sur al soplo;
danzaron hojas al viento,
movibles embudos de oro;
llegó el invierno rezando
en rosarios de abandono,
y un día la primavera
abrió sus cándidos ojos...
Guaglén seguía soñando
a orillas del Río Loco.
Lentamente sus pupilas,
del valle por el contorno,
vieron venir un cortejo
de jinetes presurosos.
Frente a él se desmontaron
con ademanes airosos,
entre reflejos de espadas
y de metales sonoros.
- Cacique, Dios te bendiga.
- Pillán huya de vosotros.
- Indios fieles nos han dicho
que pasas tus días solo
y que algo que nunca llega
parecen mirar tus ojos.
- Secretos que un indio guarda
del corazón en el fondo,
son como piedras de altura:
la nieve les cubre el rostro...
- Mas llega el sol de noviembre
con ardientes rayos rojos
y la nieve cae al valle
gota a gota, en lento lloro.
Hasta tu nieve ha llegado
el sol de unos ojos moros
y por ellos vas penando:
¡secreto que saben todos!
- Daría mi sangre toda
por mirarme en esos ojos!
- ¿Darías también las tierras
que eligiéramos nosotros?
- ¡De qué me sirven las tierras
si sufro negros insomnios!
- A la mujer con que sueñas
te darán en matrimonio,
pero tendrás que adorar
de Cristo el nombre glorioso.
- Si Cristo el amor me trae,
a Cristo desde hoy adoro.
- La Iglesia, por el bautismo,
te pondrá nombre católico.
- Olvidado sea el mío
si el amor quiere darme otro.
- De ídolos y costumbres
renegarás...
                            - No lo ignoro.
- ¿Y estás dispuesto?
                            - ¡Dispuesto!
- ¿De todo abjuras?
                            - ¡De todo!
- Don José Manso de Velasco,
corazón de cielo y oro,
Gobernador de estas tierras,
conocerá tu propósito.

Cacique, aguarda tranquilo
nuestro próximo retorno.

Partióse la caravana
por un camino entre boldos
y Guaglén quedó soñando
a orillas del Río Loco

Deshizo la primavera
su encaje de leves tonos.
El verano junto al río
paró su caballo rojo
y de Guaglén pudo ver
el gesto de amor y arrobo:
a una mujer sostenía
en sus brazos musculosos
y ella reía mirándolo
con dulcísimo abandono.

Y los machis de la tribu
preguntaban, cavilosos:
- "¿Será verdad o mentira
lo que han visto nuestros ojos?"
Y, en seguida, pensativos,
cuchicheaban en corro:
- "De un águila con un puma,
¿cuál ha de ser el cachorro?."



POR CALLE DEL REY ARRIBA...

Por calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
en casa de recios muros,
vivía la Primavera.
La luna que se asomaba
por los ventanales, era
la boca de una guitarra:
las cuerdas eran las rejas.
La Primavera tenía
carne de mujer morena,
ojos de amor y pecado,
boca de dulce promesa.
Manuel Rodríguez la amaba;
mas otro la pretendiera:
antes que decir su nombre,
mi boca firme se cierra.
Sonriente y mozo era el uno;
el otro celo y fiereza.
Entre los dos militares
temblaba la Primavera.

En noches de ausente luna,
llegaban ambos a verla:
el uno por la ventana,
el otro por franca puerta.
Los besos del que acudía
sin trabas a la vivienda,
eran amargos de celos
y hablaban de muerte artera:
mas los de Manuel Rodríguez
sabían a madreselva,
sabían a estrellas rubias
y a rasgueo de vihuelas.
A la mujer por las rejas
toda el alma se le fuera.

Jinete en caballo moro,
Rodríguez a verla llega.
Le cantan los espolines
al desmontar en la acera.

Los espolines le cantan
a la mujer que lo espera,
pecho adentro, sangre arriba,
como nupciales promesas.
A través de los barrotes,
las manos de la morena
sobre el pecho masculino
descansan en la guerrera.
Del militar en el cuello
relumbran dos calaveras:
es la insignia de los Húsares
que entre las sombras destella.

- "Amado, anoche soñaba...,
soñaba cosas siniestras:
la insignia que tú llevabas
en sangre se te tiñera...
Amado, en un cielo negro
sangraba la luna nueva..."
Manuel Rodríguez besaba
los labios de la morena;
sus dientes en la penumbra
brillaban con risa fresca.
- "La bala que ha de matarme
ningún hombre la fundiera.
La sangre que viste anoche
son mis amores, morena."

En Tiltil quedó tendido
de muerte alevosa y fiera.
La sangre del pecho abierto
manchaba dos calaveras.
En la noche de aquel día
fue roja la luna nueva.

A traición tuvo que ser,
que de frente no pudieran.
La bala no fue de plomo,
que fue de celo y fiereza.
Al mundo vino muy tarde
ese año la primavera.
Las rosas fueron más rojas
y fue más triste la tierra.

En Calle del Rey arriba,
de San Francisco a la diestra,
tras enrejada ventana
lloraba la Primavera.
Un caballero de sombra
llegarse quiere hasta ella.
No cantan sus espolines
al desmontar en la acera.

Del caballo que lo trae
las herraduras no suenan.
En vano dos blancos brazos
asómanse por la reja:
el caballero es de viento;
sombra en la sombra, se aleja.
Ya no vendrá el que ella espera.
¿El nombre de esta mujer
de sueño, amor y leyenda?...

Vivió en Santa Cruz de Triana;
era criolla y morena...
La historia no dice más.
Llamémosla Primavera.



Romance de los Veinte Conspiradores

Entre callejas estrechas
y claveteados portones,
en sombras que no disipa
la lumbre de los faroles,
cruzan, sigilosamente,
espadines y jubones
que semiocultan, medrosos,
los embozos españoles.

Las casas de recios muros
y tétricos corredores
tienen un patio con alma
la luna, de agua y de flores.

Rejas de hierro labrado
en que sangran clavelones
sienten un florecimiento
de madreselvas y amores.
Y, arrancando al empedrado
notas de acento discorde,
pasa el sereno cantando:
"¡Ave María... y las once!"

Santa Cruz duerme su sueño
de aromas y surtidores.
va navegando la luna
por olas de nubarrones.
La calle tiene un desvelo
de estremecidos temores.
Diez y seis sombras cruzaron
silenciosas y veloces;
abrióse diez y seis veces
un recio portón de roble.
-Santo y seña.
                    -¡Libertad!
Giran, pausados, los goznes
y el umbral cruzan los cuatro
últimos conspiradores.

En una estancia que alumbran
seis candelabros de cobre,
patriotas de ojos brillantes
hablan de cálidas voces.

Un sueño de abiertas alas
fulgura en sus corazones:
_"Sobre Tierra americana
vuelan, altivos, los cóndores;
clavan los Andes el cielo
con puntiagudos estoques;
los pumas dueños crecieron
de serranías y bosques,
y nosotros, ciudadanos,
que libres nacimos y hombres,
encadenados estamos
como domésticos leones".

Por los muros de la estancia
pasan sombras de legiones
y escúchase, en el futuro,
ronco doblar de tambores.
Pariendo estrellas terribles
claman lejanos cañones.
Hogueras al cielo suben
como blasfemias o flores.
Y desde el mar se levanta,
incendiando el horizonte,
estandarte de rebeldes,
un sol de liberaciones.
Por los zaguanes, de pronto,
brillan pistolas y estoques.

-¡Traición!
                    El grito resuena,
hondo, por los corredores,
y el eco al punto se apaga
entre sangre y estertores.
Como puñales sin vaina,
blasfemias cortan la noche.
-¡En nombre del Rey, rendíos!
Veinte disparos responden.
(En la estancia se ha extinguido
la lumbre de los velones).
Por el hueco de la puerta
asoman treinta cañones
y los fusiles florecen
súbitas rosas de azogue.

El plomo muerde las carnes
con dentelladas atroces.
Relámpagos espectrales
ponen muerte en las facciones.
y luego, un silencio cunde
por los abiertos salones,
entre acre sabor de pólvora
y vahos de sangre joven.

Cuando el alba en las estancias
penetre por los balcones,
mojará sus pies en sangre
de veinte conspiradores.



RESPONSO A GARCÍA LORCA

Llevaba el día en el cinto
como un alfanje de plata,
y en el arzón de la silla,
una guitarra gitana.
Romances de luces nuevas
se abrían en su garganta.
los ayes del canto jondo
lo lamían como llamas.

Cuando soltaba su copla
cantaba toda la España.
No murió como un gitano;
no murió de puñalada.
Cinco fusiles buscaron,
por cinco caminos su alma,
le abrieron el corazón
lo mismo que una granada.
¡Y el surtidor de su sangre
manchó las estrellas altas!
¡Cómo lloraban los ríos
de España!

En ese instante indeciso
de las hembras despeinadas,
en ese instante en que el grillo
cava la mina del alba,
García Torea, en el suelo,
con una flor colorada
condecorándole el pecho,
quedó sin canto y sin habla.
¡Cómo temblaban los montes
de España!

Cuando enmudeció su lengua
no doblaron las campanas.
Nadie le trajo una rosa,
ni un verso, ni una guitarra.
Apenas el chisperío
de una estrella deshojada.
Apenas la visión última
de la cal de las murallas ...
¡Cómo crujían los huesos
de España!

-¡García Lorca ¡García
Lorca! -mil voces clamaban.
Preciosa, la del pandero,
danzando se desmayaba.
Brincaban, enloquecidos,
los pechos de Santa Olalla.
La casada del romance
desgarraba sus entrañas.
¡Cómo se rompía el alma
de España!

Muerto se quedó en la tierra,
tronchado por cinco balas.
Este año no darán frutos
los naranjos de Granada.
Este año no habrá claveles
en las rejas sevillanas.
El río Guadalquivir
llevará sangre en sus aguas.
¡Cómo llorará su espíritu
en las guitarras de España!



ROMANCE DE ISOLDA PRADEL

Madrina tuya, la luna
con crinolina de rosas
Cristalería del agua
que en surtidores se dobla
¡Ay, telares de agua y luna
tejen tu velo de novia!
En fraguas de maravilla
¡Qué cantarina ajorcas!
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Si el agua con cielo y luna
quisiera volverse estrofa,
Si cantara un ruiseñor
en la noche melodiosa,
si el prado azul de los cielos
soltara sus mariposas,
¡qué diadema te pondría
sobre las sienes, Isolda!
¡Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia!

Esta noche nos casamos.
Los juncos que el viento dobla
nos dan su consentimiento
con frases hechas de aroma.

A nuestra boda vendrán
Cometas de larga cola
Y en los jardines dormidos
darán un baile las hojas
¡Eres la esposa en el día
pero en la noche eres novia!

Pulen su flauta los grillos
para tocar en la boda.
Los murciélagos se visten
con una capa española.
Puñados de arroz dorado
el cielo en la fuente arroja.
El clarín de un gallo rasga
como un cohete la sombra.
Eres mi esposa y te quiero
como si fueras mi novia.

Ponte tu velo de luna,
dame tus manos, Isolda
aquí tienes el anillo
del ensueño y de la estrofa.
Cierra los ojos y escucha
la voz del viento en la sombra:
pontífice azul, oficia:
"Ya sois esposo y esposa"
¡Y yo te sigo queriendo
como si fueras mi novia!

 


>> Acerca de la Obra >> Reseña Oscar Castro


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